Queridos hijos, hoy recordáis la institución del Sacerdocio y de la Eucaristía, dos grandes pilares de la Iglesia de Mi Jesús, sin los cuales la humanidad se encontraría sumida en una densa oscuridad espiritual. La humanidad vio una gran luz con la llegada de Mi Jesús. Antes de regresar al Padre, Él celebró con Sus elegidos y prometió permanecer con Su Iglesia para siempre. En aquel momento bendito, prometió permanecer entre vosotros con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Él bendijo y animó a Sus elegidos, con la excepción de Judas, que ya no estaba con nosotros. Sabed todos vosotros que el amor de Mi Hijo Jesús por vosotros es grandioso. Él es vuestro sustento. Por eso, debéis esforzaros por permanecer siempre en Su presencia. Sabed todos vosotros que cada vez que un sacerdote celebra, desciende del Cielo sobre las especies una inmensa luz, aunque vuestros ojos no la vean. Pero lo que ocurrió aquel día se repite en todas las celebraciones. Defended a Mí Hijo Jesús, que está presente en todos los sagrarios de la tierra. Su presencia en la Eucaristía es una Verdad eterna e innegociable. Orad por la Iglesia. Vendrán tiempos difíciles, pero aquellos que permanecieren fieles hasta el final serán salvados. ¡Adelante en el amor y en la defensa de la Verdad! Este es el mensaje que hoy os transmito en nombre de la Santísima Trinidad. Gracias por haberme permitido reuniros aquí una vez más. Os bendigo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Quedad en paz.
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