Queridos hijos, si queréis conquistar el Cielo, imitad el ejemplo de José. En todo, él ponía a Dios en primer lugar. Él, siempre el último. Entre Dios y él, José valoraba al prójimo, a quien amaba con un amor extraordinario. La santidad de José le hacía ver a Dios en los hermanos. Su silencio amoroso atraía y él conquistaba almas con sus ejemplos y palabras para el Señor. Nunca ha habido nadie con el carisma de José. Jesús lo amaba y, mirándolo, le decía: «Gracias por tu amor y por cuidar de Mí y de Mi Madre». José respondía: «Soy Tu siervo. Quiero ser fiel hasta el final a la misión que se me ha confiado». En los momentos de diálogo entre nosotros, Jesús nos revelaba Su misión y todo lo que nos iba a suceder. Nuestra respuesta de amor era siempre: estaremos contigo siempre. Quédate con nosotros y ayúdanos a ser instrumentos para el bien de las almas. Y Jesús respondía: «Mi alegría es teneros a vosotros con corazones tan grandiosos. Estaremos unidos eternamente». Así, nuestra vida estaba rodeada del Amor Divino y seguimos con Jesús hasta el final. Os pido que seáis buenos los unos con los otros. No lo olvidéis: todo en esta vida pasa, pero la gracia de Dios en vosotros será eterna. ¡Adelante sin miedo! Este es el mensaje que hoy os transmito en nombre de la Santísima Trinidad. Gracias por haberme permitido reuniros aquí una vez más. Os bendigo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Quedad en paz.
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